viernes, 24 de septiembre de 2010

un negativo, una flor, una noche... muchas fotos

Un año muy complicado fue el que vivió José Ignacio en el 59, por un lado había estado en el ejercito, con todas las incomodidades y humillaciones que esto podía llevar. Él siempre ha sido una persona irreverente, que no le gustan las órdenes y mucho menos a la brava. Sin embargo, durante su estancia en las fuerzas armadas colombianas le tocó asumir un rol que no estaba acostumbrado a tener y fue allí donde aprendió que la única forma de combatir la violencia es sin más violencia y cuando se dio cuenta de esto, supo que su destino no era en la vida militar. Por el contrario, su destino se encontraba en la capital.

Faltaban unos cuantos meses para que se cumpliera el tiempo en el que José terminara su servicio militar, esos meses los tuvo que vivir en Río Negro, haciendo guardia dentro del centro urbano para cualquier ataque que pudiera tener el pueblo de los grupos insurgentes.

Allí fue donde conoció a Carolina, una mujer muy hermosa, curvas pronunciadas, alta, ojos claros, cabello oscuro y una boca despampanante. José la veía sólo los fines de semana, ella era novia de un capo del pueblo, Pete. Ella estudiaba en la capital y estaba con Pete solo porque su padre se lo pedía, por conveniencia. Ella no lo quería ni un poco, pero debía estar con él porque su padre era apoyado por Pete financieramente para mantener una carrera política en Río Negro.

Pete tenía tan controlada su situación en el pueblo que hasta manejaba a la fuerza pública a su antojo, así que se encargo que Carolina y su padre tuvieran protección por la oleadas de violencia que se vivían en el pueblo. José sentía escalofríos cada vez que ella le pasaba por el frente o cada vez que lo saludaba y mientras el más buscaba hablarle, ella le era más indiferente. Todo fue de esa manera, hasta que una vez José Ignacio vio a Carolina intentando obturar la cámara a velocidades muy lentas, así que José se tomó el atrevimiento de ayudarle con eso. Ella se hubiera imaginado cualquier cosa, menos que su propio guardaespaldas tomaba mejores fotografías que ella. Por este detalle, Carolina cambió radicalmente con él, pero no se daba cuenta que lo que pasaba era que José se estaba enamorando de ella.

Carolina pudo armar un pequeño cuarto oscuro en el que revelaba sus fotos, le enseñó a José Ignacio lo único que él no sabía, el revelado de una película fotográfica. José sabia que ese tiempo junto a Carolina no le iba a durar mucho y como sus sentimientos estaban cambiando decidió expresarselo a ella. En un principio, pensó que sería algo imposible. Sin embargo, con el pasar de unas cuantas palabras y unas sonrisas entre ellos, José se dio cuenta que los ojos de Carolina le decían algo. Finalmente, decidió no dar un paso atrás y expresarles sus sentimientos a la hermosa mujer. Aprovechó un momento en el cuarto oscuro y mientras le señalaba un encuadre de un negativo se fue acercando muy lentamente hasta que sus labios se rozaron. Carolina se estremeció, pero se fue del cuarto sin decirle nada a José y dejándolo con el negativo en la mano.
Después de un tiempo, en una noche solitaria, Carolina se apareció con una bata puesta y su cámara en la mano. Le dijo a José que quería unas fotos de ella, él asintió su cabeza y ella le explicó que deseaba que fueran desnudos; se quitó la ropa e Ignacio en un gesto de mucha caballerosidad intentó contener sus impulsos y deseos sexuales con el espectáculo de mujer que estaba viendo en frente de él. La noche fue muy larga, casi eterna. Eterna por el placer que tuvo José de estar junto a Carolina en cuerpo y alma, una noche que marcó su vida y dio un giro inesperado de lo que él creía que era el amor.


La mañana siguiente, José despertó y una rosa roja estaba junto a él, la guardó en su maleta junto a los rollos que usó la noche anterior. Carolina se había ido para la capital y José terminó su ciclo en Río Negro. Posteriormente, terminó su servició militar y de esa noche sólo quedaron los recuerdos.

Recuerdos que pensó que nunca volverían. Sin embargo, 29 años después volvieron. Carolina Montealegre, se volvió una diva. Presentadora, modelo y en la madures de su carrera se lanzó como empresaria. Carolina se convirtió en un personaje muy importante de la clase alta nacional. Tuvo muchos problemas durante su carrera, por ser esposa de un delincuente como Pete y cuando se murió su padre ella decidió abandonar a este sujeto. Pete, por su parte, estaba obsesionado con Carolina y como él sabía que los más importante para ella era su carrera, le reveló a la prensa las fotos que José tomó aquel día en que los dos experimentaron frente a la cámara.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Un reto muy difícil de rechazar

Bernardo, así se llama el joven de la plaza. Al siguiente día se encontraba en frente de la casa de José Ignacio, llevó su computador portátil en el que traía todas sus fotos, tocó la puerta y José le abrió.

-Bien pueda siga, joven-
-Gracias-
-No me esperaba verlo tan rápido por acá-
-Ya ve, en mi pc tengo muchas de mis mejores fotos-Pronunció Bernardo mientras abría su portátil.
-No se moleste... emmm-
-Bernardo-
-Bernardo, no se moleste, déjeme yo le muestro primero mi fotografía-
-Esta bien-

José Ignacio abrió un cajón de su escritorio y saco una foto muy empolvada y vieja. Le dijo al joven, mientras algunos niños pertenecientes a la burguesía nacional estaban en el jardín infantil, jugando con los muñecos que les traía el niño Dios, yo me encontraba jugando a las escondidas, me escondía de la muerte, de los guerrilleros que le apuntaban con sus armas a la gente de mi pueblo. Mi infancia estuvo marcada por una de las épocas más trágicas de este país, un tiempo en el que se respiraba plomo, dolor, muertes y sufrimiento. Por eso estuve en el ejército, porque quería de alguna forma vengarme de todos esos malditos, que me alejaron de mi tierrita y mataron a mi padre.

Después de mucho tiempo, me pude dar cuenta que la solución no era darles de su propia medicina. Durante mucho tiempo estuve intentando convertirme en periodista, quería ser uno de esos que denuncia todo tipo de atrocidades, que se meten hasta en los más recónditos y selváticos lugares, todo para que las personas del común, la opinión pública sepa lo que pasa con la violencia. Por ese paso, fui fotógrafo de deportes y me empezó a gustar el fútbol gracias a esta bella labor.


Gracias a la fotografía pude seguir escalando y nunca perdí mi norte, hasta que empecé a ver demasiados billetes, que lastima no haber llegado a donde quería, pero la avaricia me cegó y cuando lo deseaba enmendar, era muy tarde y mas bien me fue como mal. Lo peor que pude haber hecho fue meterme con esos bastardos, los políticos no se cansan de robar al pueblo y por tapar sus fechorías, son capaces de pasar por encima de quien sea, así se justifique arrebatar la vida de un inocente.

Por eso te digo muchacho, un buen fotógrafo no es el que hace una foto con velocidad baja o alta, el que usa bien la luz, el que hace una muy buena fotografía o el que la encuadra bien. Un buen fotógrafo es el que se sabe ubicar en el momento exacto de la escena, un buen fotógrafo es el que toma una fotografía y nunca volverá a ser igual y sobre todo es el que con sus fotos transmite exactamente lo que se le estaba pasando por la cabeza cuando tomó la fotografía.

Esta es una foto de una víctima de la violencia, está fea y desgastada. Yo no soy de los que coleccionan las fotos. Pero más allá de eso, es una foto que tomé cuando era niño y en ella se puede ver el temor que tenía de morir y ese temor superó todos la escases de conceptos fotográficos que tenía en ese momento.

Bernardo quedó congelado con lo que le había contado José Ignacio, sin embargo, el no se resignaba a ser tan malo. Así que le propuso un trato, los dos debían emprender un viaje por separado y vivir una aventura que se pudiera registrar por medio de una fotografía. José pensaba que el estaba muy viejo para ese tipo de proposiciones, así fueran muy tentadoras, pero cambió de decisión al ver que Bernardo tenía una placa militar que colgaba sobre su cuello. En un mes se encontrarían de nuevo en Bogotá para decidir de quién es la mejor fotografía. El marcador iba 1-0, a favor de José Santa Fe.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Discutiendo de fotografía, de vidas y también de energías



-No le parece que la fotografía le roba energía a las personas-
-¿ disculpe?-
-Si, me he fijado durante algún tiempo en usted. Muchas veces lo he visto por aquí, me preguntaba antes... si de pronto usted tenía alguna relación con la iglesia de Lourdes.
-Que curioso, yo que pensaba que ya a nadie le importaba mi vida. Pero sabe qué joven, yo ya
estoy muy viejo para estar discutiendo estas tonterías.
-¡Epa... ey... oiga! pero ¿por qué tan reacio? yo sólo le hacía una pregunta.
-¿si? ya se me olvido, que pena usted entenderá, la vejez. ¿Qué me dijo?
-Que si no le parece que la fotografía le roba energía a las personas, lo que pasa es que no es la primera vez que lo veo a usted por acá tomando fotos como a escondidas.
-¿A escondidas? dice usted, se equivoca. Es muy sencillo, no quiero estropiar la naturalidad de la vida diaria, suficiente he estropiado otras vidas.
-aja.
-¿aja?
-Si, no me ha respondido la pregunta.
-¿cuál?
-Lo que le dije de las energías.
- ¡Ah si! de verdad, que pena es que mi memoria y centro de atención están como fallando no. Usted para qué quiere saber eso, ¿le interesa? además, usted no sabe quién soy yo, que le va a importar mi opinión.
-Si, tiene razón anciano. Me importa un carajo su opinión. Yo también soy fotógrafo, pero no me creo el mejor de todos, al contrario suyo.
-Yo no me creo el mejor, yo soy el mejor de todos... o lo fui. ¡Mierda! Uno se vuelve viejo y no es nada más que un estorbo. Chino, la fotografía me llevó a mi tan lejos que usted no se alcanza a imaginar, todo lo que logré gracias a ella... bueno también perdí mucho, pero, gocé más lo que gané que lo que lloré por lo que perdí.
-Sabrá Dios de lo que me habla, pero yo no veo a ese "mejor de todos" reflejado en usted.
-Es su opinión y hay no me puedo meter.
-Claro, pero es que en realidad nunca respondió mi duda anciano.
-¿La de las energías?
-Exacto.
-Pues ya se me hizo tarde, pero le propongo algo.
-¿Qué?
-¿Usted cree que es mejor fotógrafo que yo?
-No se, yo diría que sí, no le encuentro mucha magia a la iglesia de Lourdes, será por mi edad.
-Muy bien, que le parece si... usted va a mi casa que queda en la 64 con 13, en el segundo piso de una casa con barrotes rojos y blancos y lleva la mejor fotografía que pueda tener.
-¿Sólo una?
-Si, solamente una y yo elijo la mía y hay decidiremos quien es mejor fotógrafo. Por ahora lo dejo porque me tengo que ir. Hasta luego joven.
-Señor, que le vaya bien. Espero que no se vaya a ofender cuando se de cuenta de mi nivel.
-Esta bien, hasta luego.
-Adios.

-¡Oiga! Respecto a lo de las energías... le podría asegurar que gaste más discutiendo con usted, que tomando mis fotos.

viernes, 27 de agosto de 2010

Un guerrero que mira a través de un lente



José Ignacio Benavidez fue uno de los mejores reporteros gráficos en la historia colombiana, nació un 30 de Mayo del 1939 en un pueblo cerca de la capital llamado Zipaquirá. En la década de los 70's tuvo su mayor auge, después de haber atravesado una infancia difícil en su pueblo. Fue una víctima más de la violencia que sufrió el país a manos de las guerrillas colombianas. Durante muchos años fue uno de los tantos desplazados por la violencia, llegó a la capital por este flagelo, su padre fue asesinado a manos de los grupos insurgentes y su madre fue quien se lo llevó a Bogotá. Desde pequeño fue un amante de la fotografía, su pasión nació desde que un forastero Inglés, quien murió en las minas de sal, le regaló una cámara rolleircoid.

Su vida en la capital estuvo marcada de dolor, tristeza, pobreza y miseria. En muchos años, José no desayunó, almorzó y ni comió en el mismo día. Su madre, Clara María, por poco vende su cámara en una prendería. Sin embargo, era tanto el cariño que José Ignacio le profesaba a la cámara que no permitió que lo hiciera. A los 19 años,después de haber experimentado un alto grado de pobreza y desolación, José Ignacio optó por prestar servicio militar en el distrito militar de Bogotá, en donde desarrollo una pasión por el fútbol, gracias a que cada vez que tenían un descanso los cadetes jugaban fútbol. El paso de dos años por la escuela le sirvió para madurar y volverse un tipo serio, quien quiso volver a la capital a buscar una nueva vida y sacar a su mamá adelante.

Durante cinco largos años José tuvo un pequeño estudio fotográfico dentro de su casa y tomaba fotografías en el centro de Bogotá para ganarse la vida. Hasta que un día un turista dejó un maletín, dentro éste un fajo de billetes y una tarjeta de un hotel. José Ignacio se fue para ese hotel a buscar a su cliente, él se encontraba en una reunión con un inversionista. Sin embargo, José los interrumpió. El extranjero le agradeció mucho por haber recuperado su maleta y le presentó al inversionista; llamado Sergio Santos, un importante empresario, dueño del Club Independiente Santa Fe y de varios consorcios mediáticos que estaban en formación. El extranjero le recomendó el trabajo de José a Sergio. Él le planteó una vacante que había en un periódico de la ciudad como reportero deportivo. José no dudo ni un instante en aceptar la oferta y a sus 27 años se encontraba dando la vuelta olímpica con el Santa Fe en su cuarto título de la copa nacional. Después de la celebración, José afirmó que nunca en su vida había experimentado el placer ajeno en su máxima expresión y además gracias a la fotografía; así que quiso auto proclamarse un hincha oficial del Independiente Santa Fe, después de unos cuantos tragos sus colegas ya le llamaban José "santa fe".

Durante muchos años fue uno de los mejores periodistas gráficos del país y trabajo para Sergio Santos por unos años, su éxito como fotógrafo fue muy bueno; tanto que monto su propio estudio al que llamo DC fotografía, sus triunfos los logró siendo fotógrafo de pasarelas, fotógrafo publicitario, haciendo reportería gráfica y a todos sus clientes les daba un buen servicio y un producto de una exelente calidad, como él siempre se ha profesado, fotógrafo por convicción no de profesión, un guerrero.






viernes, 20 de agosto de 2010

Un reportero por accidente


Era un bello amanecer, los pájaros cantaban, el sol salía entre las calmadas nubes que se posaban en el cielo.  Era un día maravilloso en el que tal vez el frío tradicional del pueblo no podría tener presencia. Rompiendo la tranquilidad se atravesó dentro de las rutinas de los habitantes de Zipaquirá, una lluvia en la que no había grandes truenos, era una lluvia propiciada por el mismo hombre. Por hombres bárbaros que creían que una "revolución" les daba el derecho sobre los demás a causar dolor, miedo y muerte, derramando sangre de inocentes. Unos instantes fueron necesarios para que decenas de cuerpos cayeran al piso.

José Ignacio estaba en un sueño profundo.  De repente los estruendos de metralla y Clara que irrumpió en su cuarto lo despertaron. -Métete abajo de la cama- exclamó su madre muy exaltada. El pequeño quedó pasmado, alcanzó a creer que era una pesadilla en la que se había convertido su sueño, hasta que su madre le agarró su pierna y lo arrastró por el piso. Antes de caer, José se lanzó por la rollei que se encontraba al lado de su cama, sorprendentemente alcanzó a agarrar su preciado aparato de la correa de cuero, sin embargo no lo hizo con la suficiente fuerza y la cámara se fue al piso, se golpeó gran parte del cuerpo de la cámara y quedó hundida. El pequeño rayó su cámara arrastrándola por el piso.

Clara y José estaban escondidos, cuando de repente entró un sujeto al cual no podían verle más que sus pies. Unas botas negras que olían a estiércol de vaca y tenían gotas de sangre alrededor de la suela, se acercaban lentamente, como si oliera el miedo que expelían los dos sujetos bajo la cama. José se aferraba a su cámara mientras que su madre tapaba sus ojos para evitar que el miedo los delatara ante la muerte. El sujeto se encontraba muy cerca de ellos y en ese instante aquel hombre se agachó lentamente, como si el deseo de dolor no lo atormentara, su mano se posó sobre el borde de la cama y cuando estaba apunto de bajar su mirada para corroborar la presencia de sus víctimas, se oyó una voz quejándose "¡ cuervo,  ayúdame con este malparido!". Era Alfredo, que había destrozado el pie de otro sujeto apunta de machetazos. Cuando llegó el cuervo, sólo se oyeron alaridos de Alfredo y el aguado sonido de las balas que atravesaban su cuerpo. El corazón se le desgarró a Clara, pero su esposo les había dado una señal, una pista para poder seguir con vida. Cuando el cuervo llegó de nuevo a la habitación de José, se agachó y observó sorprendido que no había nadie debajo de la cama.

Al día siguiente, salieron en todo tipo de noticias, Masacre a cargo de las guerrillas colombianas en Zipaquirá por  la presión que ejerce el estado colombiano para que dejen las armas. Entre 800 y 900 muertos. El pueblo estaba dominado por los subversivos afirmaban los periodistas amarillistas. Lo que nadie se preguntó fue ¿a dónde se fueron los sobrevivientes y las personas que huyeron de la lluvia que de un momento a otro se llevó la vida de todos en el pueblo?

-Pues acá fue que llegue yo, a Santa Fe de Bogotá, desde hace varios años que hago este tipo de fotografías, llevo casi 40 en la capital, soy reportero por convicción no de profesión y estas fotos que fueron tomadas por mi, es más, fueron de las primeras y demuestran todo el miedo que sentí ante la muerte. Pero no vi ese miedo a través de mis ojos porque mi madre no me lo permitió y sin saberlo por medio de mi rollei pude plasmarlo- José Ignacio terminó su discurso señalando las fotos que tomó en aquel entonces accidentalmente.

Un estruendoso aplauso se escuchó cuando José Ignacio terminó el discurso en una exposición fotográfica de un consorcio de revistas sobre la guerra en Colombia en el museo Nacional. Mientras que él, nostálgico recordaba ese día y en su mente el sonido de los aplausos lo conducían al sonido de los estruendos de metralla de ese día.


domingo, 8 de agosto de 2010

Afuera de la sabana, dentro de la mina.

José Benavides, fue durante muchos años, uno de los más emblemáticos reporteros gráficos de la ciudad de Bogotá. Por su pasión por el fútbol, en especial por el equipo cardenal, se ganó el sobre nombre de "José Santa Fe". Muy pocos son testigos de toda su trayectoria como reportero, la fotografía no es su profesión, es una extensión de su vida.

Desde pequeño deseó salir al mundo exterior. En Zipaquirá, su pueblo natal, conoció a un extranjero llamado Carl Flint. El gringo, como muchos le decían (realmente no era gringo, era inglés) se encontraba en Zipa porque estaba interesado en las minas de sal de la sabana. José tenía unos 13 años y trabajaba en la mina junto a su madre, quien se encargaba de la comida de los hombres que trabajaban dentro de la mina. Un día, Flint conoció a Clara, la madre de José, le preguntó por un guía que pudiera darle un recorrido por la mina, le explicó que él era geólogo y deseaba conocer la mina por dentro y hacer algunos estudios. Clara lo sacó sin pensarlo, sus jefes odiaban a los extranjeros y no soportaban que se estuvieran metiendo en asuntos que no les debían interesar. Flint no comprendía la razón por la que nadie deseaba ayudarlo. Ese día se marchó sin mayor esfuerzo, pero no descansó hasta poder entrar a la mina.

Todos los días, Flint se acercaba al puesto de Clara he intentaba convencerla y todos los días que iba, sacaba una cámara rolleicord y tomaba distintas fotografías. Muchos odiaban al gringo, pero él se dio cuenta que las personas se asombraban por su aparato, así que empezó a llevarlo más seguido para poder conseguir a alguien que lo metiera en la mina. Inclusive, habló con los jefes y les explicó el proyecto turístico que pretendía hacer en la mina, sin embargo, nadie lo quiso ayudar. El único que se sentía completamente asombrado por la cámara y deseaba tenerla, era José.

Una fría mañana de la sabana, José salió con la cubeta, el saco y los guantes para ordeñar a Penélope, su vaca. Sin embargo, no la ordeñó. Apenas salió de su casa, dejó las cosas tiradas y se fue hasta la casa en la que se estaba quedando Flint. El pequeño se metió a la habitación del extranjero e intentó tomar la cámara que se encontraba encima de la mesa de noche, se quedó asombrado por su peso, su olor esmaltado y su color negro absorbente en el que se diluía su mirada. -Ahora si me voy- pensó el pequeño José, cuando giró su cuerpo hacia la puerta tenía una navaja militar en el cuello. Flint le preguntó muy enojado que era lo que deseaba con su cámara, José no le respondió absolutamente anda y después de unos minutos Flint bajó la navaja. Le dijo que si quería aprender a usar la cámara, José asintió la cabeza, pero aún sin decirle una sola palabra.

Toda la mañana estuvieron tomando fotografías en la finca de José, al llegar el medio día, el niño le pidió a su madre que invitara a almorzar al extranjero. Durante la comida no se hizo más que hablar de la cámara y lo asombroso que era. Flint le preguntó a Clara si deseaba aprender a tomar fotografías, finalmente accedió y le tomó una fotografía a su hijo junto a Flint en un campo de su finca. A Alfredo, el esposo de Clara, le irritaba la presencia del sujeto y no fue asistente ni del almuerzo, ni de la toma de fotografías.

Al caer la tarde, Flint se sentó junto a José y le empezó a preguntar, él por supuesto seguía muy tímido, además que no le comprendía muy bien al sujeto.

- ¡ Hey kid! -
( silencio absoluto del niño)
- Tienes tú un gran interés por la rollei, ¿no es así? -
- Si señor, ¿Para qué le digo que no? Daría lo que fuera por una cosa de esas-
- Pues kid, hoy ser un día muy especial for you-
- si ya lo ha sido señor, todo el día he tenido ese aparato en mis manos-
- Sabes qué... te regalo la cámara kid-
- ¿Enserio?-
- Yes, pero tu tienes que primero hacer algo para mi ¿ok?-
( silencio absoluto del niño)
- Dame un recorrido en la mina-

Una dualidad muy grande para un niño de 13 años. José finalmente accedió, pero todo fue a escondidas. Esperaron un domingo en el que no trabajara nadie y en la madrugada se insertaron en la mina. Al pequeño, le temblaban hasta los huesos, estaba muerto de miedo y Flint no hacia más que tomar muestras con un cincel. Un último golpe y José escuchó que retumbó toda la mina, le dijo al extranjero que se marcharan, pero él hizo caso omiso al niño; quien salió despavorido apenas oyó que una bandada de piedras se venían encima de ellos. José logró montarse en un carro que conducida por medio de un riel, pero la salida estaba siendo tapada por rocas, así que le tocó devolverse y salir por la parte trasera de la mina en la que había un pequeño agujero creado para oxigenar la mina. José tuvo muchos problemas cuando todo el mundo se enteró de lo que él había hecho, pero no tuvo más remedio que enfrentar sus errores. Por otro lado, nunca se volvió a saber nada de Flint, ni encontraron el cuerpo ni rastros de nada y gracias a ello nunca los mineros se volvieron a meter por los caminos en los que estuvo el extranjero.

José obtuvo su castigo, pero al mismo tiempo se quedó con la recompensa que le había dado el gringo y con el tiempo desarrolló una claustrofobia generalizada a la oscuridad, que entorpecería su carrera como reportero y fotógrafo. Años de terapias intrapersonales y de muchas recaídas llevaron, incoherentemente, a José Santa Fe a resguardarse de su fobia en el cuarto oscuro donde revelaba sus fotos.









domingo, 1 de agosto de 2010

No hay mucho que observar en un cuarto oscuro

Sobre la calle 13 con carrera 64 en la ciudad de Bogotá, en pleno Chapinero y muy cerca de la iglesia de Lourdes, se encuentra ubicada la casa de José Ignacio. Su casa es una fantasía desde que abre su puerta, en la que hay un tapete del independiente Santa Fe, se puede sentir el olor a madera vieja cuando se está en ella, las tablas rechinan con cada paso de sus habitantes y sobre su ambiente se siente un cálido espacio de vivencias y recuerdos. Es una casa ubicada en un segundo piso, la puerta sólo dirige a unas escaleras de madera que van hacia el segundo piso. En el trayecto de las escaleras se puede observar distintos tipos de fotografías a blanco y negro con dos tipos de marco, unos verde oscuro y otros blancos. Los personajes de estas fotos pueden ser desconocidos para algunos, sin embargo para los ojos de José significan una buena parte de su vida.

Al término de las escaleras, en la pared de enfrente se encuentra una fotografía muy curiosa en la que hay un niño campesino en una sabana extensa y junto a un hombre con pinta de extranjero, muy alto por cierto. Al lado izquierdo una sala bastante grande, tres sofás color beige que combinan muy bien con la tonalidad pastel azulada y blanca de las paredes de la casa. Junto a los sofás, una mesa de madera y una rockola con música de antaño, que lastimosamente hace mucho tiempo no ha vuelto a ser usada. Un pequeño balcón con una mata de sábila, está después de la sala, sobre el que puede observar la calle 13. En seguida de la sala, la tradicional cocina, con algunos gabinetes un tanto oxidados y una nevera que hace un ruido impresionante.

Saliendo de la cocina se puede ver la sencillez de la casa, que apenas tiene tres cuartos y cuatro puertas. En el primero de ellos, se puede ver un par de camas sencillas con sábanas blancas de un solo tono. Encima de la cabecera de una de las camas está el cuadro del sagrado corazón, un pequeño ventanal con puerta de madera y una cortina de seda suiza. En medio de las dos camas, una mesita de noche sobre la que se posa un radio de pila de dedo, un calendario que dice "panadería chapimax", un sobre de pastillas naranjas, un plato vacío, un vaso con agua y una lámpara. Sobre la pared de la entrada se encuentra el clóset que ocupa medio espacio de esta. Por último, se puede ver encima del tapete, que se encuentra debajo de la cama, unas pantuflas de caucho con algunas gotas de agua.

Al lado de esta alcoba, se ve otro cuarto con el mismo espacio que el anterior, pero éste en ves de ser un cuarto es un taller, hay tres mesas grandes y altas de madera, sobre los que hay un verdadero desorden de piezas, placas, tarros, químicos, rollos, carretes, papeles... un verdadero desorden. Un par de butacas de madera y al lado un montón de carpetas que archivan más de mil fotografías. En una esquina del taller, se encuentran tres cámaras análogas, dos de ellas réflex y la otra una rolleicod, muy bien conservadas. La puerta del baño está constantemente cerrada y la última puerta, que esta justo en frente a la sala, pertenece al laboratorio, al cuarto oscuro de Ignacio, en el que ha pasado los mejores años de su vida y en el que quisiera morir. Lo conoce al derecho y al revés, al entrar hay una serie de cuerditas donde cuelga las fotografías, sobre la pared del fondo unos gabinetes, unas mesas, un lavaplatos, unas mangueras y unas bandejas llenas de algún líquido.